
Cuanto más grande es la alegría en ciernes, mayor es la tentación. Vamos: que lo que viene a decir es que el sabotaje es proporcional a la bondad de las decisiones que nos liberan.
A los hechos me remito. No hay subjetividad. Es sólo, pura y dura objetividad. Quien te quiere, te promociona, te anima; quien te aplasta, te ningunea, no te quiere. Quien disculpa todo, sin tener en cuenta las consecuencias de tales disculpas, está alimentando a la bestia que cree que el culpable de sus errores son siempre agentes externos, aliens venidos de otras galaxias empeñados en reventar sus sueños…
Si tu pareja no tiene tiempo para ti, no te quiere. Si la misma pareja te hace creer que sin ella, no eres nadie, es sociópatico. (trastorno de la personalidad caracterizado por comportamientos antisociales.) Las adicciones parten de una decisión. Culpar a la elipse trazada por el planeta de las crisis personales es condenarte a la inmadurez: aquella que te enclaustra en recuerdos felices: hace tanto tiempo de ellos que se ha distorsionado su verdad.
Días después de la pérdida, reflexiono sobre lo que tiene importancia: pero sin olvidar lo que es importante. Esta sutil diferencia propuesta por Alberto Pérez, de La Mandrágora, en la canción “Nos ocupamos del mar” es prodigiosa. Por supuesto que me importan las relaciones. Pero me importan mucho más las verdades de nuestra vida. Las mentiras, pronto vuelven por sus fueros. No puedes huir de la verdad que te recuerda recurrentemente que, si caminas los mismos senderos, llegarás a los mismos lugares.
Que lo incierto asusta, que lo nuevo es frágil y muy probablemente, te haga caer. Pero las caídas, consecuencia de vivir con dignidad, son costes a precio de saldo: vale la pena pagarlos.
Y otra cosa: mi dignidad no depende de nadie. Está íntimamente ligada a mi persona. La tuya, adivina de quién depende…