
Ya huele. Se masca la tragedia. Los docentes sienten el aliento del curso en ciernes y se les pone la piel de gallina. Me arriesgaré y diré que es porque el celo por su casa, por la belleza de aquello que compartirán con los alumnos los pone en órbita. Bueno: también puede ser que se les están acabando las vacaciones y eso duele.
Ese olor impregna las casas de los que se preparan para volver a las aulas. Algunos con miedo: tres años, dejar al niño que nunca ha abandonado la casa. Hay primerizos que le pondrían una cámara corporal, como los policías, para controlar sus movimientos. Vale: no doy ideas…
Los que ya conocen el paño han empezado a afeitarse o a salir como si fueran mayores. Están los de primero de primaria, que se marean con el tamaño del patio: un universo donde expandirse. Los padres tienen sudores fríos cuando ven la cuenta de la vuelta al cole. Todo para el incendio que viene…
Y seguiré haciendo Educaficción. Los pirómanos que viven en el corazón, en el alma de los profesores y maestros preparan sus mecheros de yesca, afilan los fósforos para la batalla. Este incendio será épico.
Y digo épico porque quiero pensar que sienten la misma emoción al vislumbrar la oportunidad que tienen de compartir la pasión por el conocimiento, la experiencia: las dudas que plantearán y la alegría de ver la chispa de la búsqueda: el desdén del desinterés al que tendrán que hacer frente: nada nuevo bajo el sol y toda la guerra por luchar.
Que el incendio que abrasa su interior se comunique como uno de sexta generación. Que los niños, prendidos sin remedio, busquen y puedan crear desde las luminarias del conocimiento. Que se hagan luces en la oscuridad y valoren las sombras que huyen en su presencia.
Que no haya medios que extingan este fuego.