Llevo algunos días que no escribo nada. Y creo que las razones no son poéticas.  Ver una y otra vez que el insulto y la descalificación es el argumento más sólido de nuestros políticos, de cualquier signo, ayuda poco. Constatar que la guerra, la más burda de las soluciones a supuestos conflictos entre hermanos, es el recurso más utilizado a pesar de la demostrada ineficacia para la satisfactoria solución de aquellos… Comprobar que, quien tiene dinero, tiene poder. Contemplar, con tristeza, cómo hay gente que opina que vivir bajo una tiranía es una buena solución, sin darse cuenta de que la cadena ya ha dado varias vueltas a su cuello…

Que manifestarse en eventos públicos notorios es un acto de violencia y no de contestación. En esta sociedad que no permite la disidencia, disfrazándola de pluralidad condescendiente donde tienes derecho a todo y ninguna responsabilidad. En un contexto en el que reírse ladinamente parece ser un buen argumento para no responder a tu deber de servidor público.

Y, a lo que iba, a llamar liberación de un pueblo a la demolición de un país. Tanques paseando por avenidas sin árboles, con la ferralla de las columnas de hormigón al aire…

Asistimos a la demolición de la dignidad de los pueblos, de los opresores y de los oprimidos, con correcta compostura.

Quien no es fiel en lo poco, tampoco lo es en lo mucho. Si tú o yo no somos justos en nuestro día a día, la injusticia se va extendiendo como la tiña.

Es tiempo de poner en marcha el valor del Evangelio. Es tiempo de ser sal y luz. Quizá en nuestro lampadario haya pocas velas. Pero la suma de todos, puede iluminar este tiempo sombrío.

“¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Fito Páez