Después. Después de lavar mi cara e hidratarla con una crema emoliente; tras aplicar en mi cuello un ungüento tonificador; tras reafirmar las bolsas de mis ojos con ácido hialurónico… Un buen desayuno, con mucha fibra y fruta, un combinado de todas las vitaminas con nombre de alfabeto asociado a un número, un buen café de una ecológica máquina de cápsulas que me transporta a los vastos cafetales de un suramericano país…

Después de cubrir mi desnudez con una ropa interior hipoalergénica, tras vestir un magnífico traje de altísima calidad y más alto precio, calzar unos zapatos comodísimos; coger el móvil, ora pro nobis, y salir a la calle con esa sonrisa que sólo quienes se han lavado los dientes con un cepillo eléctrico pueden tener…

Después de vender mi alma al diablo en un trabajo que mata mi trascendencia; tras hablar mil estupideces con gente que vive, viste y calza como yo, vuelvo a casa.

Y, tras quitarme el uniforme de hombre feliz, dar agua micelar a mi cutis y quedarme desnudo frente al espejo, me doy cuenta que nada ha cambiado mi interior.

Quizá, para hacerme como un niño y buscar la felicidad sin tantos requisitos, sea necesario que cambie el paso.