Es el día en el que se conmemora el final de una contienda. Suelen haber dos actores principales: los vencidos y los orgullosos vencedores. Los primeros escenifican la vergüenza que sienten por no haber conseguido vencer a los segundos. Y los segundos, ufanos, pavonean su capacidad, la pulcritud de sus ejércitos, la marcialidad de sus armas.

Pero yo creo que, en fastos tan ruidosos, falta un silencio atronador. Lo más coherente sería sacar de las tumbas, de los osarios y fosas comunes a los muertos de ambas partes. Veríamos con sorpresa como todos ellos lucirían, mondos y lirondos, cráneos sonrientes, con tiro de gracia o no, en una eterna celebración de tan inútil guerra. Los esqueletos deberían colocarse en pie, con las mismas guerreras que vestían cuando se desangraban en el campo de batalla; los más recientes, aún tendrían carne adherida a los huesos: eso aportaría un plus de realidad pues no solo desagradaría a nuestros civilizados ojos, sino a nuestras narices con sus pútridos efluvios.

La corrupción de todos ellos nos daría la medida de la que habita nuestros corazones: esa que hace que nos parezca normal celebrar la muerte del hijo de una madre que, abierta en canal, trajo al mundo un ser cargado de futuro y ahora yace en las cunetas, harto de la muda muerte: esa que se conmemora con orgullo.

No. No. NO. Debería llamarse “Día de la Vergüenza” pues no podemos compartir los supuestos beneficios de la victoria con los que la han abonado con su carne, regado con su sangre: y de los que nunca sabremos la opinión sobre el sabor que deja el menú de plomo, la guarnición de metralla, el miedo a la muerte…

(un agradecimiento especial a los patrocinadores del día de la victoria: fabricantes de armas, farmacéuticas, ortopedias, seguros de salud y escultores para dar lustre a los panteones conocidos y las tumbas de los soldados desconocidos)