Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana.

La definición asusta. Parece que es la distopía la que se está haciendo más patente, por sus connotaciones negativas; voy a hacer un ejercicio de ficción y soñaré que el antónimo de Distopía es Utopía: a mí me enseñaron que es lo bueno que está por venir y no un futurible imposible de realizar.

Y sueño. No tuve un sueño: sueño con una realidad en la que todos y cada uno de los seres humanos se respetaban profundamente. Respetaban su cuerpo y su mente tanto, que les movía a respetar a todo el que se cruzaba en su camino.

Sueño con niños que juegan sin querer ganar. Que han aprendido que la superioridad no es el objetivo a conseguir: la victoria es aprender y mejorar.

Sueño con mujeres que no tienen que ganarse el respeto de nadie porque el respeto no se gana: es condición humana inalienable. Que no tienen que parecerse a los modelos impuestos por una sociedad que desprecia al individuo y lo hace parte de la masa, masacrando su identidad.

Sueño con hombres que respetan a las mujeres. Que pueden mirar y admirarlas sin sentir que pueden tomar aquello que sólo, ellas, dan a quien quieren, cuando quieren;

Sueño con fiestas en las que no hay que perder el control con alcohol y drogas. Donde cantar sea el alma de la fiesta, bailar el juego más divertido, conversar, el lugar donde habitar, compartir momentos de silencio, un apreciado placer…

Sueño en un mundo en el que las noticias no se repitan una y otra vez. En este mundo que sueño, el color de la piel no será un motivo de sospecha o una carta blanca para ejecutar sin conocimiento.

El sueño que tengo se parece mucho al de Luther King. Lo lamentable es que deba seguir soñándolo 52 años después de su muerte porque sigue siendo sólo eso: un sueño.

La distopía no es, hoy por hoy, ni ficticia ni futura: es presente