Lo mismo que vuelven las oscuras golondrinas, vuelve la angustia. Uno cree que porque tiene agua corriente todo el mundo la tiene; que porque tiene Seguridad Social todo el mundo tiene atención médica gratuita; que todo el mundo disfruta de corriente eléctrica, de televisión, de ocio y comida. Pero no: Eso sólo ocurre en los hogares que tenemos un sueldo fijo, una estabilidad social, un estatus jurídico que nos protege del mal.
Eso quiere decir que pertenecemos a un club muy reducido que se permite el lujo de comprar un coche sin que ello comprometa gravemente la economía: Por necesidad o por placer, pero que se lo pueden pensar. Somos de los que piensan que, si se puede pagar, se puede hacer.
Tiene que ver con lo del desarrollo sostenible: Mientras pueda pagarlo, se puede sostener. No deja de ser una manera poco fraterna de plantearse la vida. Me hace pensar en toda la gente que vive a merced de los que podemos pagar. ¿Lo puedes pagar? Entonces puedes tener una piel de animal en vías de extinción, una niña prostituta, cualquier estupidez de moda… como si no tuvieran nada que ver con nosotros. El hombre como depredador absoluto de todo, incluso de sí mismo. Como devorador, engullidor, devastador de todo lo que puede tocar, de todo lo que puede comprar, de todo en lo que cree. Y vuelve la angustia de que sea algo contagioso: Que cause daños cerebrales y nos haga pensar que el mundo soy yo, que mi sueño es el único, que toda la vida, es la mía.
Pensar que estamos en manos del instinto, de la satisfacción del agujero negro que produce la falta de límites, la falta de perspectiva que nos haga darnos cuenta que tenemos que vivir unos con respecto a otros, en una fraternidad que nos hace conscientes de la tristeza de todos los hombres y del movimiento telúrico de las entrañas de la tierra.
El planeta tiene dolor de estómago por tragarse tanto cadáver inocente, tanta muerte incomprensible, tanto dolor insoportable, tanto infierno evitable.