Lo he visto tantas veces en las películas que creí que era verdad. Cuando había una tristeza, por una pérdida o porque el sol se había escondido tras lúgubres nubarrones, el personaje se zambullía en un güisqui de malta, o un bourbon, y contaba una historia que se contoneaba como el humo que nacía en el cigarro que, cansado, reposaba en el cenicero. Un cigarro que cicatrizaba las heridas…

En la misma línea, una frustrante relación llevaba a otro personaje a hundir un cucharón en dos litros de helado de chocolate, que quita la depresión, por el chocolate, el calor, por el helado y el sueño por el dolor de estómago que le dejaba tras consumir el 76% del tarro.

Una mirada perdida desde la escarpada costa, una lágrima naciendo en los ojos teñidos de malva del atardecer: parece que es una respuesta adecuada hacer algo que no sirve para nada…

Fumar mata. Y hace que apestes como el cenicero de un bingo: tú y tu ropa parecéis un anuncio sin ningún glamúr de cualquier marca de suavizante para ropa, pero con aroma a tabaco rubio. El burbon o el güisqui te da dolor de cabeza en cantidades poco razonables. Beber alcohol nunca es razonable. La idea del suicidio es una estupidez y, si te esperas, podrás ver otro atardecer al día siguiente. 

Y digo yo que es muy probable que las soluciones nazcan de mí. Es demasiado fácil culpar a otros y esperar que una poción mágica nos mitigue el dolor. Como decían en la película Mátrix, “No hay cuchara”; 

Si me caigo, me levantaré y me preguntaré porqué caí. Si vuelvo a caer, tomaré otro sendero, a ver si aprendo a no caerme. Si pierdo a alguien lloraré su ausencia y celebraré la presencia de aquellos que están. No lamentaré lo inevitable; no me comeré toda la tableta de chocolate con un ansia descomunal: aprenderé a disfrutar de una jícara. Así tendré tantos buenos momentos como jícaras tenga la tableta. Porque, si lo consigo, el premio, soy yo.