Tú, que estás leyendo estas líneas, puedes imaginar a un locutor poniéndole sonido a las letras: las que conforman las palabras que construyen las frases, que expresan lo que sientes: lo que sientes. Eso que no sabes hacer llegar a otros salvo diciéndolo. Nunca lo había pensado, pero no puedes sentir algo y  comunicarlo a alguien tal y como tú lo sientes. Es una distancia infinita, casi torpe, transmitir lo que cada fibra de tu ser siente a través de las palabras.

Y es que las palabras de los peces y cetáceos sólo se entienden cuando estás en el mar, bajo el mar. Cuando sacas la red, los peces gritan desesperados, pero nadie los escucha porque no hay soporte que sea vehículo de su desesperación, de su asfixia; del mismo modo que nadie me escucha gritar si lo hago bajo el agua: quizá alguien viera las burbujas en la superficie, pero no comprenderían probablemente, el significado de las pompas sonoras que revientan en la superficie de la mar, volviendo a su ser, al aire.

El silencio de Rosi es una roca, una cárcel: un capitel sin basamento ni columna: una bombilla fundida, un cubo agujereado, un grito en los ojos.

Ojos negros con la negrura del silencio que contiene toda la vida: todas las sombras que tornan inerte su rostro; todas las luces que, aún apagadas por el tiempo, iluminan recuerdos filiales que gritan que vuelvas de tu exilio silencioso, de la tumba que te retiene en vida, de la muerte muda que dobla tu espalda.

El silencio de Rosi es una cadena perpetua. Antes, mucho antes que la sombra cubra sus huesos, ya cubría su alegría el silencio. Ese que la aleja de nosotros, de todos nosotros.

Pon la voz que quieras a estas palabras. Mejor: pon la voz de Rosi que, con una sonrisa, te dirá lo que necesitas escuchar. Siempre lo sabe.