
Sé que se me nota mucho. Pero me parece interesante cuestionar las cosas que se dan por buenas, porque sí… Y no es que tenga ningún interés en que permanezcan; o no: es que ya no me creo casi nada.
Y me pregunto por qué un negocio planetario como es el de la bebida se da por bueno. Gurús y profetas de los taninos, del sabor a roble envejecido y el color tostado de alguna región vitivinícola dan fe a ojos de los profanos de que, la sangre de cristo, es necesaria para vivir. Pero, ya que estamos tan real fooders, tan sanos, me pregunto cuánta tónica necesita un Bonobo para su correcto funcionamiento en la salvaje naturaleza. Ni cuántos cigarros fuman las Belugas, animalitos la mar de inteligentes…
Y veo en los documentales cómo los leones se dedican a mirar el horizonte tras almorzar gacelas al punto. No tienen redes sociales, ni canales de televisión online.
Por favor. Que nadie se altere. Sólo pienso en fuente, porque escribo en un docx y no lo hablo en alto; no es que no crea que es estupendo huir de la rutina bebiendo, fumando, viendo series o el fútbol. Es que es tanto el tiempo que nos lleva, tanta dignidad la que nos roba, que no puedo dejar de pensar que es tramoya, ruido de fondo para que no pensemos, que pensar es cosa mala (según los clásicos, sobre todo para las mujeres)
Y llego a la conclusión de que todos los valores que hemos adheridos a prácticas innecesarias son como el traje del rey: inexistentes.