
Ya no vamos a comuniones. De bautizos, ni hablamos; es un tiempo en el que empiezas a hablar del Sintrón, de la Artrosis y de todas esas goteras que te van saliendo y certifican que aún estás vivo.
La cerveza sin alcohol. La comida sin sal ni especias: como dice el saber popular, haciendo todas esas cosas vas a vivir mucho más, pero se te va a hacer larguísimo. Porque el miedo a la muerte es mucho más fuerte que la de vivir sin darte cuenta de tu edad…
Y te levantas un día. “¿No te has enterado? Fulanit- ya cría malvas. No me lo puedo creer. Estuve con él/ella/elle/ellu/elli hace tres días.” Esta última es una frase que no deja de sorprenderme por lo inútil de la afirmación. Haber estado con el finado no le garantizaba la permanencia en el partido. Tarjeta roja y sin avisar.
Y comienza un leve movimiento interior por el que, aquellos que dejaron verdadera huella en mi vida, escriben su nombre con un hierro candente cuando se van. Y su nombre cicatriza en mi corazón, se acompasa a mi latido. Están los que ni fú ni fá. No necesariamente porque no fueran importantes ni me cayeran mal. Sólo porque fueron parada y fonda en algún momento de encuentro. Pero sin mayor trascendencia.
De vez en cuando, como los fantasmas de las navidades pasadas, aparecen en una foto, un vídeo: un comentario o chascarrillo que me trae sus voces, sus zapatos, su ilusión.
Pero, cuando verdaderamente desaparecen, es cuando voy a la agenda del móvil y veo su contacto: lo mantengo presionado y, entre las opciones, está la que apuntilla el olvido: “Eliminar contacto”. Borrar su nombre, decolorar con lejía todos los recuerdos, pasar un imán sobre la carpeta de sus fotos… Si fuera una cremación, ni siquiera quedarían cenizas.
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