
“Inscripción funeraria que se pone en un sepulcro o en una lápida”. El ejemplo que pone la RAE es “Aquí yace alguien que amó”.
En fin. Este comienzo tan divertido nace de la oportunidad que tengo de decir: “Amigos, estoy muerto”. Sin estarlo aún. Porque, que te escriba el epitafio otro está bien. Dado mi estado, no sería capaz de escribirlo, pues estaría en vía muerta.
Y es que la muerte es una oportunidad para quienes escriben epitafios, entierran o vuelven cenicientos los cuerpos. (jaja. Si Cenicienta supiera que la he mencionado; o si se diera cuenta de que son las cenizas la raíz de su nombre, cómo cambiaría el cuento) Y, ya que estoy en ello, haré como que soy quien puede, porque puedo.
“A quienes me quieren, os pido que no caiga en el olvido vuestro amor: practicadlo con los que están. Los muertos no necesitamos amor ni memoria; tampoco lágrimas. Somos la antesala de vuestro fin. Por ello, amad. Amad sin tregua. A quienes no caigo bien os digo: lo entiendo. No soy simpático. Tampoco tengo que caer bien a todo el mundo. Tengo algo de gracia. Si no la visteis, ya no la veréis. De quienes me alejé, no os pediré perdón. La vida es como es. No hay vuelta atrás. Si compañeros de camino, feliz de haberlo compartido; si tomamos sendas con distinto sentido o dirección opuesta, fueron nuestras decisiones. Esas tonterías que nos parecen importantes y que definen el valor de nuestros valores. Y, a quienes pensáis que mi ausencia arreglará algún problema, ya os lo digo: Mi vida nunca condicionó tanto; Soy tan influyente como tú quieras.”
Me haría falta una lápida muy grande o una letra de tamaño pequeñito. Lo que, en mi delirio, sí tengo claro es que, como dijo el poeta…
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Amor constante, más allá de la muerte
Francisco de Quevedo