Así comienzan los cuentos clásicos. Este se desarrolla en un reino en el que había un sistema de salud público y de calidad para todos sus habitantes. Sus trabajadores tenían un sueldo digno y trabajos de por vida. Ese es el recuerdo que tengo yo, decía uno; pero, como la salud es algo que nos preocupa a todos, siguió, los que necesitan alimentar sus fortunas, ávidas de engordar hasta la enfermedad, vieron un pastel al que no podían dejar de hincarle el diente. Jajaja.

Así, fueron colocando a sus peones para ir dejando vacíos los servicios. Ellos, por su parte, intoxicaban la publicidad con maravillosas instalaciones en los que no habría listas de espera. (listas de espera que hay porque se ha vaciado de profesionales a los centros de salud, de enfermeros, especialistas y médicos a hospitales y centros rurales). La jugada perfecta.

Los políticos, siempre necesitados de patrocinio, se conjuraron para que los pobres ricos pudieran seguir ganando dinero. Y, a cuatro patas, se dejaron sodomizar por el dinero que da el poder; y os podéis imaginar que hacían con la boca a sus votantes: Una pedorreta, con risa burlona.

Y así nos va. Si, verdaderamente pagáramos a nuestros sanitarios como Dios manda, no emigrarían. Lo peor es que son las generaciones mejor formados de la historia y se los estamos regalando a los europeos, que lo saben. Y aquí estamos: sin profesionales.

En fin. Es lo que tienen los cuentos. Se basan en hechos reales de los que se puede sacar una moraleja. La caperuza roja de la niña está teñida de la sangre de quienes mueren en las listas de espera. Y, el lobo, primero en solitario y luego en jauría, se lanza a por la presa: sopla y soplan hasta derribar las casas o, simplemente, dejan que la ruina se apodere de ellas.

Colorín. Colorado.