
Un quejido. Una sombra. Un hilo.
La hebra que une cada imperceptible perturbación del universo.
Susurras y se acerca la frontera de ti a la linde de mi país en guerra.
Y se desliza el rumor de la paz que sólo tú puedes compartir.
La que yo deseo. Por la que muero.
Y quiero morir por ella porque vale la pena mil veces morir
por ella que la calma chicha, sucedánea y fútil.
Glacial es la esperanza. Volcánica tu voz, que envuelve mi abrazo.
Lenta, la tempestad es calma. Quieta, tu mirada me mima.
Observo las huellas del todo. Cierro los ojos.
Deseo que sea eterno. Volver otra vez, deshacer el tiempo.
Pues es celeste tu abrazo, celestial tu beso.
Pero lo son cuando no son siempre.
Sólo, cuando son tú.