A veces imagino la violencia como un depredador caminando sobre una esfera. Devora todo lo que tiene a su paso hasta que llega al principio de sí mismo. Y sigue devorándose, alimentándose de sí. Es una selfifagia eterna, canibalismo sin fin, cada vez más brutal…

Siguiendo con la misma imagen, la paz recorre toda la superficie de la esfera, cuerpo geométrico limitado por una superficie curva; Nada escapa de ella pues el principio y el final no se distinguen. Cada rotación cubre la senda, llenándola de si, poblando la oscuridad de verdadera luz.

Y creo que el camino de ambos es siempre el mismo. El eterno retorno de aquello de lo que conocemos sus frutos, sus orígenes, pues nos es connatural a nuestra especie. Destrucción o creación.

Violencia como antítesis de la humanidad y paz como encarnación esencial de nuestra naturaleza.

Parece que es mucho más sencillo seguir creando ficciones que justifiquen la muerte de una sola persona que dejar de caminar sobre la esfera, el eterno retorno: la decisión más probable.

La ausencia de guerras no es la paz. La paz no es la ausencia de conflictos. La guerra beneficia a unos pocos.

La paz, a todos.