Creía que el significado de la palabra que encabeza el escrito era “mentira vestida de verdad”. Pero su significado es mucho más potente. “Engaño, fraude o mentira”.

En el tiempo que nos toca vivir, estamos invitados a ver una pléyade de falacias que pretenden modificar la verdad. No pontificaré sobre qué o no es verdad. Lo que sí haré es opinar sobre cosas que me importan.

Y me importa que haya países que estimen necesario matar a ciudadanos que, creen ellos, no son de los suyos. Hoy son los palestinos: pero hay muchos más en todo el planeta. Hubo genocidios y habrá, si no cambia la cosa.

Esto pasa cuando algunos piensan que son la medida de las cosas. Cuando creen que son los valedores de valores de los que han oído hablar: incluso han estudiado sobre ellos o han perdido algo en el camino, buscándolos con denuedo. Pero que no levantan la cabeza. Amparados en la tradición de matar, de mentir, de preservar la herencia recibida, que no es otra que aquella que maniata lo que hace libres a todos los hijos de Eva, siguen haciendo lo mismo, caminando los mismos caminos, esnifando el mismo incienso.

Hoy, consciente o inconscientemente, me atrevo a decir que es de cobardes decir que las cosas no pueden cambiar, que necesitan su tiempo. Si las cosas no cambian es porque hay muchos intereses, muchos animales que son, unos, más iguales que otros. Es de miedosos temer lo que se desconoce, pues puede cambiar el sentido de la vida. Y no estamos, los que vivimos de puta madre, para cambios.

Y es que me refiero al Evangelio. Camino, verdad y vida. Vereda que transitar, hasta ver dónde nos lleva, certeza que nos garantiza exponernos a la intemperie de todo lo que no hace feliz: y vida, para gastarla desenterrándolo de la tumba en la que lo confinamos.

El Evangelio es cosa tuya. Es cosa mía. No mires para otro lado.