Ayer estuvimos cantando en las comuniones del colegio. Fueron dos grupos. Delante del altar, los niños, escenificaron una puesta en escena familiar: frente a la mesa, ante sus padres y familiares… Era enternecedor.

¡Y las cosas que dicen! El guion que leían decía que querían recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, que era el mejor día de su vida; que Jesús es el amor de los amores. (no sé si un niño sería capaz de explicarme qué es eso, pero bueno).

A lo que voy. Es increíble cuando nos ponemos de acuerdo; cómo fluyen las cosas, cómo parece que queremos lo mismo, tenemos un mismo corazón.

Y, por un momento, me pareció que el templo pasaba de ser la iglesia del barrio a la casa de todos. Y comprendí lo importante que podría ser que así la sintiéramos pues, de ese modo, sería un lugar de encuentro al que no tengo que ir: querría ir para compartir con quienes se encuentran a gusto en la salita. Lugar donde exponer y dialogar sobre la vida cotidiana: no para celebrar ritos, sino para vivir la vida en comunidad, sin más pretensión que estar en mi casa, antes de ir a la familiar…

Por eso es tan importante que la parroquia siga siendo un sitio muerto, que abre las puertas en horarios cerrados y que se dedica a expender sacramentos, desconectados de los parroquianos la mayoría del tiempo, e importantes en muy puntuales efemérides. De ese modo, se aleja la posibilidad de conceptuarla, la parroquia, como algo mío. Así, pronto será una nave vacía de contenido que ofrecer y de parroquianos que compartan.

Con suerte, como son naves grandes, las parroquias serán tiendas de muebles, salas de exposiciones o pistas para patinar.

Lo que, por un instante, me pareció que era una foto familiar entrañable, pasó a ser un brunch en casa de la familia política.