
Yo creo que le pasa a todo el mundo. Tampoco lo afirmaré con rotundidad pues no conozco a todos… Pero creo que, ante la debilidad primigenia, el inicio de la vida: ante la fragilidad, todos reaccionamos en modo defensa.
Me explico.
Frente a un recién nacido, cambiamos; observamos el movimiento de sus manos, la respiración, agitada o pausada; el pelo que cubre, a veces, la espalda, la suavidad de la piel; a veces, la insoportable intensidad de una mirada que no tiene intención, pero parece saber los misterios del universo. La mueca que se torna en sonrisa y que nos hace vulnerables: nos desarma. Esa estúpida dulzura, esa maravillosa e inexplicable manera en la que nos embruja y nos hace preguntarnos si era por nosotros, por las payasadas que hacemos para obtener el beneplácito de un ser que, acto seguido, llorará de hambre, porque necesita que le cambies el pañal o por los cólicos del lactante.
Ante la avalancha de interpretaciones del Evangelio, y su praxis, que contemplo en las que se demandan actitudes, liturgias y uniformes que nos hacen iguales por fuera, con la sensación de seguridad que otorga, y pretenden unificarnos por dentro, miro un recién nacido, y comprendo porqué Dios renunció a su poder.
El poder, como indica su etimología, es ser capaz, poder todo: se puede imponer por encima de la voluntad individual. Sin embargo, la fragilidad nos desnuda de todo el artificio que nos diferencia, para aunarnos en aquello que no se puede comprar, aquello que nos recuerda el común origen.
Reconociendo lo frágil en mí, lo puedo reconocer en otros. Una obra maestra de la ingeniería divina que nos permite, nos da la capacidad, de ser uno. Para creer. Para que el mundo crea.