
Hoy me he levantado trabajador. Esto de escribir, aparte de barato, es terapéutico porque me ayuda a ordenar la loca de la casa, la cabeza. Y vuelvo a reflexionar sobre el tema que encabeza el presente texto. Franquicias. Como dice Santa RAE, es la concesión de derechos de explotación de un producto, actividad o nombre comercial, otorgada por una empresa a una o varias personas en una zona determinada. Y en nuestra madre iglesia hay franquiciadas muchas actividades: educación, caridad, salud…
Y lo interesante no es que se preste un servicio externalizando su gestión: es que, al hacerlo, se agua un poquito el vino. El objetivo principal de la subrogación pasa a segundo plano pues quien viene a sustituir al original, tiene que buscar su propia subsistencia, viabilidad, dentro del cometido que ha asumido al no haber capacidad por parte de la empresa matriz.
Dicha matriz se comporta como si aún funcionara a pleno rendimiento, pero su estructura se resiente… Y, ante esa vertiginosa sensación, apela a antiguas tradiciones, tradiciones… Tradiciones que los que lo asumen no conocen sus orígenes. Y no hay peor cosa que utilizar una herramienta sin conocimiento, sin memoria. Muy probablemente se pervierta su uso o se rompa la herramienta.
Digo todo esto porque es urgente, vital que vivamos todos juntos, siendo uno. El bien no se puede negar. Y, lo que es bueno para uno, lo es para todos.
Ir al origen, vivir en y con verdad aquello que creemos. Haciéndonos niños que confían en su padre.
Adjunto un par de links que dan diferentes perspectivas a lo que hablo.