Las imágenes que nos llegan de la frontera sur de Europa dan miedo. Y decir esto es de pijos porque miedo es lo que sienten quienes intentan llegar saltar la valla y no morir en el intento. Ya han hecho suficiente no muriendo en el camino atravesando la guerra, el desierto, la desesperanza, buscando la paz, el agua, la esperanza…

Y se vuelve a reencarnar la idea por la que “El hombre será un lobo para el hombre”. Amaremos a nuestros hijos: lo haremos hasta estupidizarlos, protegiéndolos de la intemperie analógica con un paraguas virtual, vacunándolos contra todo: así se volverán hipersensibles, intolerante, intolerables…

La indoeuropea y blanquita Europa se estremece ante la horda africana, la que muere de hambre pues nos hemos comido su futuro, el que pretendemos asegurar a nuestros hijos. Y ponemos vallas al campo, criminalizamos la pobreza, la raza, la rabia;

Y, para avergonzar más si cabe, tenemos unos políticos de saldo, un todo a cien parlamentario que ha cambiado la ropa de centro comercial por marcas de lujo: ahora se lo pueden permitir porque a ellos no les toca la crisis que padeceremos el resto. Sonríen al lado de líderes que son igual de catetos, pero que hablan en otros idiomas. Todos buscan su lugar en la historia y sienten el asombro de visitar Madrid, histórica ciudad donde las haya, hoyándola como quien pisa la luna.

Dividiendo el país en nombre de una historia inventada; hipotecando el futuro de todos en nombre de la diferencia lingüística, todos practican el noble arte de la prostitución política en el corto plazo: para hablar sobre una guerra que nunca tuvo que comenzar, sobre la amenaza de unos pueblos que quieren tener futuro para malcriar a sus hijos como han visto en las películas occidentales, para negarles nuestros derechos fundamentales…

Amar al prójimo como a ti mismo. Nunca una frase tuvo tanto valor y evidenció tan claramente el poco afecto que nos tenemos.