Las acciones que hacen tabla rasa, arrasando con todos los matices, son peligrositas. Pero sirven para marcar límites; así, parece que los datos son más manejables, comprensibles…

Y me fijo desde hace mucho tiempo en los rostros de quienes están cerca, lejos; los que recuerdo que no están, los que quiero recordar y no puedo y los que viven en la papelera del olvido…

Y me fijo porque creo que es cierto: la cara es el espejo del alma y hay almas que, si tienen esa cara, cómo tendrán el estómago…

Aquella de quien mira con suficiencia castigadora, fastidiada, casi jodida; es una cara como de asco permanente, de arcada perenne que te está contando “me aburres” y ya está.

La cara apretada, que parece que va a implosionar de la presión hacia adentro que parece referir; es una angustia, bruxística máscara, que suena a dientes rechinando. ¿Qué vive dentro de quien mastica tal sonrisa? Soy incapaz de imaginar que alguien quiera actuar con semejante careta.

Las que, seriamente, sin mover un músculo, parecen un páramo seco. Las arrugas de su rostro, inerte, son cauces abrasados por el sol; donde hubo vida y peces, sólo hay huesos. Como el pedernal, duros, chocan y derriban sin que una sola arista se desgaste.

Tristes hasta la angustia, siempre, todo el día; como si estuvieran labradas en un capitel de catedral gótica: sin esperanza.

Rostros Down que parecen que escudriñan el futuro, sonriendo como complacidos, sabiendo lo que está por venir: con una aparente paz que ya la quisiera para mí.

Rostros en los niños que parecen ancianos; ancianos que miran como si necesitaran un gesto de cariño, como los niños. Y ancianas que miran con los ojos huecos: en la fosa de su negrura, reptan sus recuerdos y silencios.

Hay muchos rostros. Cada uno cuenta una historia. Y me encantaría que la historia que contaran fuera la de la búsqueda de una felicidad posible, una luz perenne, una esperanza real.