Cerca de donde vivo he visto las columnas de humo, el color de la luz, como cerúlea… y el paso de los aviones cisterna y los helicópteros. El sonido de estos últimos es muy grave: se escucha desde muy lejos.

Al principio, no sabía qué podía estar pasando. Creía que sería alguna operación salida en la que los helicópteros de Tráfico controlan la marabunta de coches que salen buscando patronales festejos o cualquier excusa para reunirse con la familia, los amigos o con un cubo de botellines. Pero ahora, cada vez que escucho ese sonido gutural en el cielo, me entristezco porque sé que hay algún lugar que se está quemando.

Quemarse. Es lo que el imaginario infantil asocia al infierno: un fuego eterno, inextinguible, escenario de las más atroces torturas por parte de taimados seres coloraos, cornúpetas e inmisericordes… Averno en el que el lamento por no haber actuado en vida de otro modo le confiere al usuario del tártaro un todo incluido de dolores y ayes y sollozos. Darse cuenta de que había alternativa, hace que el castigo sea exponencialmente más doloroso: el cielo era haber podido elegir una opción que parecía menos interesante…

Hoy, en España podemos combatir el fuego con medios aéreos: agua para extinguir ese incorpóreo calor que hace crujir los árboles, bailar al viento, hacer ceniza lo que fue vida.

Las lágrimas intentan apagar el dolor de ver tus campos y las sierras ardiendo, pero no son suficientes.

Todo lo anteriormente escrito es una coincidente metáfora de Gaza. El sonido de los aviones es premonitorio del infierno que, segundos después, desatan las bombas. El silbido de los obuses, los incendios posteriores, el griterío buscando supervivientes; y luego, el silencio de los muertos.

Allí, los que arden son niños, mujeres y ancianos que no pueden escapar de la ratonera en la que el incendio judío ha convertido su país. No hay medios aéreos ni terrestres para extinguir el hambre, como arma de guerra, ni la injusticia de verse víctimas de un país que, en nombre de la autodefensa, se cree licitado a matar. Asesinar: es lo que ha hecho el ejército judío. Una práctica en la que no hay honor ni justicia. Y no parece haber cielo para Palestina.

Las entrañas del Golem no son de carne. Su corazón es el de un monstruo.