Caminar tiene muchas ventajas. También algún inconveniente, dependiendo de la climatología; pero me quedo con las ventajas: te despejas de pantallas, los ojos descansan, te da el aire en la cara y te haces los miles de pasos que tienes que hacerte diariamente para tener salud cardíaca.

Pero, de las menos mencionadas y más fascinantes, son la ventajas de la escucha, de la observación, del encuentro fortuito y de la sorpresa. Todas ellas son increíbles pues, si caminar aumenta tu campo de visión, las anteriores te dan profundidad de campo.

El otro día caminaba hacia mí una jovencita regordeta. Me llaman mucho la atención porque, aun siendo jóvenes, tienen que esconder su mirada condenándola al suelo para no ser vista de frente. Como si tuvieran que esconder quiénes son… Sería un amigo o un conocido y le soltó un “GUAPA”, que se escuchó… No importa dónde. Lo importante es que ella lo escuchó. Con la mano izquierda se echó un mechón hacia la oreja; se quedó prendido de ella y, la guapa, subió la cabeza; en su cara se dibujaba una sonrisa brillante como la luna llena. Fue como si la jovencita que se me acercaba mustia, floreciera en un instante: como si una verdad hubiera hecho explosión dentro y llenara de luz todas las esquinas oscuras de sus inseguridades…

Eso es transfigurarse.

Y me solidaricé con ella. Al punto, sonreí y me sentí guapo. Como si verdaderamente mi belleza, esa que está se enchufara y fuera verdad… Y todo fue con una palabra.

Como en el Génesis, una palabra es la que hace que se creen las cosas. “Y dijo Dios…” Una palabra hizo verdad patente la que latía escondida.

¿Y si somos palabra creadora?