
Hoy ha muerto un buen hombre. En el buen sentido de la palabra digo; alguien sencillo convencido de su trabajo. Con una vocación clara y el Evangelio como combustible que, como la fisión, iba creando nuevos elementos: y atraía.
“Se van los mejores” dicen los telodijes y registradores de obvios, certificando su mediocridad; con sus meneos de cabeza, contemplan el paso del féretro y sombríos, recuerdan sus hazañas cual Mío Cid, pero con deficiente prosa y poco verso. Con ello, ahondan la sima que hay entre quienes hacen historia y quienes la cuentan.
Habrá quienes pasen a la historia como los que crearon las lentillas con chinchetas, las plataformas con nivel de burbuja y la tortilla de patatas sin huevo, sin patatas y sin sal… Todos maravillosos empeños para mejorar la vida de los usuarios. Pero hay quienes creen.
Y, porque creen, apuestan todo. Todo. Muchas veces, los costes son altísimos pues, como el sembrador que salió a sembrar, la cosecha tarda una mijita. Y la desazón puede hacer morada en aurícula o ventrículo… Pero son pasitos. Uno tras otro. Poniendo la confianza en la certeza de que sabes de quién te fías. ¿Lo sabes tú?
Notarios de renombre y desconocidos; decidores y hablarines; cobardes y mudos de acción y convicción; a todos os digo: tener razón a toro pasado es muy sencillo.
Pero arriesgar, darlo todo; por poco que sea, como la viuda del óbolo, es un gesto de valentía, una semilla. Cada día…
Contar la historia o hacerla.
Tú decides.