
Hoy lo he vuelto a ver. Ha sido como retroceder décadas para reencontrarme con él. Delgado, con zapatos de deporte caros; uñas descuidadas y la boca entreabierta. Faltan dientes entre las caries que asoman y los labios, con ese color rosa oscuro casi marrón. Enjuto de carnes, casi quijotesco… Lo que más llama la atención es el color de su piel: es color bronce; más bien cobre oscuro, oxidado casi… Lo he visto cruzar la carretera, sin mirar a los lados…
Mirar. Yo creo que no miraba. Tenía los ojos encajados en las comisuras de los párpados enrojecidos; sus ojos eran dos bolas de vidrio con las venillas más evidentes de lo normal. En equilibrio, como soportados por la aguileña nariz, los ojos parecen a punto de caer.
Y es que ese hombre tenía hambre. Un hambre feroz que le corroe las entrañas y las venas; retorciendo los vasos sanguíneos hasta la desesperación, sus ojos estaban fijos en un lugar o una persona; supongo que sería el cocinero que le sirve, a punto de nieve, el aire; o salsa, picante, para las venas…
Y lo necesita. Y no va a preguntarse si no es suficiente haberse dejado la salud por lo que trota por su sangre. Sólo quiere matar el hambre que está esperando ser calma: para destrozar de nuevo sus tuétanos con un alarido que, como una zarpa, abre sus órganos en canal.
Ya sean drogas, ya sea las ganas de comer que tengo por no ser lo que esperan o deseo ser; ahumados mis pulmones, aúllan por el siguiente cigarro; pero es menos: es legal fumar, legal comer: legal es despreciarse creyendo que por la boca entrará la paz; por las venas, tendré descanso.
Hambre sin posibilidad de ser saciada. Infamia que me deshonra.