Aquellos que se preocupan de la gente, de su gente, parecen ser unos seres especiales. La línea de pensamiento dominante los define como aquellos que han de liderar y defender a aquellos que no sabrían, podrían, cuidar de sí mismos.

Las películas nos los reúnen para librarnos del mal, pero no dejan de ser islas que, eventualmente, se asocian para luchar contra un terror que, juntos, será más fácil derrotar.

Y estaba yo pensando que no pasaría nada si la conciencia de un héroe, aquel que carga sobre sus hombros el destino de la humanidad, fuera asumida por todos y cada uno de los seres humanos. Dejaría de ser una competencia de seres especiales, tocados por la diosa Fortuna para ser responsabilidad de todos.

Por eso es muy importante que no ocurra. Que sigamos pensando que han de existir los salvadores de la patria, los héroes nacionales, los gloriosos caídos por la causa, pues ellos saben cómo hacerlo…

Esa es la razón por la que hay que denostar la religión: el meollo por el que la educación se va devaluando, perdiendo contenidos y razones para usar la materia gris. Que los valores se diluyan en un consumo eficiente y descontextualizado; de ese modo, no significan nada y el olvido se adueña de sus nombres, de su alma…