
2020. El año que queremos olvidar por no ajustarse a los cánones de belleza anual; vírico, aislante… Condenadamente confinados a una realidad que nos resulta distópica, palabro que se ha repetido hasta la saciedad en una sociedad harta de lo mismo disfrazado de novedad.
2021. Mesiánico, salvador; 365 días con sus segundos intactos esperando ser la cura que nos devuelva la normalidad: que nos lleve a las vacaciones de todos los años, botellones de todos los findes, crisis de los cuarenta, cincuenta, -entas y esas cosas… Crisis económicas que son las menos importantes porque la verdadera crisis es no crecer, no evolucionar; soñar con que mis amigos, y los que no lo son, digan que les gusta lo que hago, mi pelo, mi culo o cualquier parte de mi cuerpo susceptible de ser modificado por los filtros de las redes sociales.
¡Que nazca un hijo de Dios no profetizado, un héroe desconocido, inesperado, que me arregle la existencia, respete mi mediocridad y me permita derrochar mi existencia en tonterías!
Pero no. Nadie tiene un padre héroe que procrea héroes con una heroína (qué desafortunada manera de llamar a una madre héroe). Quien cambia la historia es aquel que asume su capacidad y la pone a trabajar.
Dibujantes: dibujad. Cantantes, cantad. Músicos, vitalizad la vida con acordes y melodías que aúnen el corazón de toda la humanidad.
Tú que me lees: haz lo que sabes y modifica la realidad que te rodea. Sé tú el héroe, el hijo de Dios, el esperado que “recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte…”
Un año 2021 que será lo que queramos. Ojalá, protagonistas de una historia cuya trama nos suena, su nudo nos ahoga pero que su desenlace viste traje de esperanza.