Los que viven y no saben. Los que mueren y, como sonámbulos, caminan; los vivos que nunca respiraron. Los que corren a ninguna parte. Los que viven años que no consiguen recordar…
Los que recuerdan días que están por venir.
Las que traerán vida y no darán a luz. Los que darán luz y no serán sabios. Los que abrirán caminos y no lo son. Los que descubrirán mundos que nunca fueron pisados por sus pies. Darán las llaves a los que encuentren puertas, telescopios a los ciegos, voz a los mudos, senderos a los que comprendan que tienen pies para caminar y no para permanecer de pie, en pie, parados.
Hijos de hombre. Todos hijos de hombre. Pudiendo volar como Ícaro, se arrastran, vegetan, penan y mueren sin saber, sin conocer.
Hijos de hombre: los que tienen en la mano el poder, el conocimiento, que hace de su posesión el más preciado tesoro. La dignidad que te hace ser Prometeo: Trae el fuego del conocimiento a cada uno de los corazones e inflama y llena de luz, de belleza cada rincón del corazón que languidece en la oscuridad del descontento, del desconocimiento;
Repartidores de hambre, guardianes del saber, laborantes de una tierra virgen que grita por ser labrada para florecer, para ser dignos, para ser hombres y mujeres que reciban la educación de los que, hijos de hombre, se hicieron manos de Dios.