Yo creo que ayuda poco. En verdad, afirmo que no ayuda; pero, vista la cantidad de veces que he padecido este tipo de monólogos, supongo que será un estándar que aprenden. Y es que una homilía hay que currársela porque se dirigen a un porcentaje ínfimo de escuchantes del que tenían no hace demasiado tiempo. Y, hay que fidelizar a la clientela; por ello, propongo que se abandone esta falta de profesionalidad. No es de recibo. No.

Pondré un ejemplo para que se comprenda mejor:

“Queridos hermanos. (en este punto, se hace un repaso a todos los posibles hermanos que tiene delante y detrás (tres minutos); tras una lista interminable, sigue). (hace una afirmación categórica, indiscutible, como apertura de ajedrez para sorprender al cliente…) Cuánto amor nos tiene Dios. (en este punto, comienza a desgranar el conjunto de obviedades que naturalmente asociamos al creador de todas las cosas. Suele tardar unos cinco minutos en los que la mayoría ya hemos desconectado y tenemos la tentación de mirar el móvil). Tras este baño de realidad, nos comenta brevemente perogrulladas del Evangelio, que hay que mencionarlo en algún momento. (entre tres y siete minutos) Tras esto, los hay que nos destripan la coyuntura política a la luz del anteriormente citado o, simplemente porque comparten un singular sentimiento ante la situación. (cinco minutos más). Y, como colofón, para no olvidar a la madre del Salvador, sugieren el valor de María, sus cualidades y milagros. (cuatro minutos mínimo). (3+5+7+5+4: 24 minutos)

Si yo hiciera eso, me auditarían la segunda vez que lo hiciera. El jefe de personal me llamaría a careo y me pondría las pilas. No podemos perder cuota de mercado, diría poseído por un maléfico espíritu, enrojecido por la cólera y con la tensión por las nubes.

Ni el sacramento de nuestra fe ni la Palabra de Dios se merecen tal vapuleo sistemático, diario o dominical…

Lo mejor: “Podéis ir en paz”.