Aprendí a huir. No había refugio y corría. Normalmente, me llevaba las tortas; cuando aprendí a insultar eficientemente, en paralelo, aprendí a correr: Todo lo que me permitían las piernas, pues sería carne de colleja si me pillaban los insultados, que eran los que previamente me las administraban sin compasión.
Y huía del resultado de mi fracaso. Mi indefensión. Los ojos que se me clavaban y dolían mucho más que un grito, una bofetada. Escapaba en forma de limpieza inmaculada, que no necesita inteligencia ni buenas notas: Sólo tiempo y tesón. Se hizo costumbre lo que hubo de ser efímero. Compré mi dignidad con fregonas y camas, escobas y limpiacristales. Una palmadita en la espalda, una mirada de aprobación.
Quise enmendarme haciendo esquemas horarios que me harían más eficiente. Pero moría y volvía a escaparme corriendo en dirección al vacío, la nada. Y el fracaso fue quemadura en el alma. Y me duele tanto.
Hoy lo vuelvo a intentar. Es el enésimo septiembre que el martillo tritura mis huesos, mi valía: Lo vuelve a hacer. Y me pregunto cómo sería poder alcanzar los objetivos sin huir: Sin la cobardía que me empuja a posponer mi trabajo, porque busco el fracaso como escondite.
A la sombra del árbol caído, al abrigo del techo sin tejas, sobre las hojas secas, cruje mi esperanza. Ruego a Dios que no me abandone. Que, si soy débil, cure mis heridas. Si soy yo, pueda caminar por mí mismo.