En base a todo lo que siento, lo que viví: Lo que razonablemente me pertenece y no puedo cambiar.
En justicia, puedo mantener mis opiniones, mis armas cargadas, mi odio pudriendo mis entrañas porque creo que tengo razón. El juez que dicta sentencias en mi adentro ha fallado a mi favor: Lo ha hecho en contra de mi humanidad; ha fusilado mi alma, enterrado mi fe.
Por un instante, antes de amputar mi ser humano y convertirme en un zombi, pienso. Un segundo. Y creo que aún hay otra alternativa.
La posibilidad de no ser razonable. Cuestionar mis convicciones, dinamitar mis credos, desnudarme de certezas; volver a nacer.
Y hacerlo.
Empezar de nuevo. Nada de lo anterior. Todo aquello que afila mi saña, la rabia que me devora y clama venganza, enmudece. Ocurrió. Ya no tiene remedio. No puedo cambiar el pasado: La historia me demuestra que, si la conozco, no la repetiré. Pero, si no la asumo y la dejo fluir, me destruirá.
Por ello, cambio yo. Repaso los editoriales antiguos, argumentarios y duelos, esquelas y fotos. Me despido de la parte de mi ser que vivió ese momento…
No volverán esas golondrinas. Pero sí la posibilidad de iniciar una relación distinta. El futuro escrito se desdibuja. Cambio el presente sembrando preguntas.