
Tras una intervención, he de pasar un tiempo en barbecho. No es que no lo supiera. Es que siempre es la primera vez. Aquella en la que no puedes hacer nada de lo que tu “normalidad” demuestra que eres capaz. El dolor te acompaña como la línea continua que limita el arcén en las carreteras. Y vives con miedo pues no sabes por qué duele tanto; no quieres tomar analgésicos para no depender de ellos. En fin: esas cosas.
A riesgo de formular lo evidente, estoy en un lugar que muchos conocen muy bien, pues no conocen otra cosa. En muchas ocasiones, a la gente que comienza a usar gafas por la Presbicia y se quejan por ellos, les recuerdo que muchos nacimos con ellas puestas y que “los únicos paraísos son los perdidos”. Insultar de esa manera es inconsciente, casi una chulería…
Y me siento como si todos los sinónimos de inútil llevaran mi carnet de identidad: improductivo, inane, incapaz, infructuoso, inválido, imposibilitado, mutilado, lisiado, paralítico, impedido, tullido, disminuido, minusválido, inservible, inepto, incompetente, ineficaz, vano, estéril…
Y, dese el pedestal de la antonimia, me observan las palabras que me escupen si mi existencia vale la pena: Útil y Productivo. Sus primas, Rentabilidad y Eficacia miran ufanas mi desnudez.
No puedo impedir que nadie lo sienta. Pero lo que sí puedo es evitar producirlo. La Naturaleza no tiene memoria del dolor pues es inhabilitante. Y, quien vive permanentemente recordando todas las penalidades vividas, “vencidos y grises” se amputan la posibilidad de vivir dándose cuenta de la gracia que supone cada amanecer.
Lo que mi naturaleza si puede hacer es vivir creando espacios donde se acoja a los dolientes, escuchando las historias y ayudar a escribir sus epílogos para crear nuevas, llenas de ilusión;
Ayes y lamentos son frutos del sufrimiento. Pero también lo son las decisiones que nos ayudan a sobreponernos a ellos, aceptarlos cuando no tienen remedio y los que me recuerdan que, por encima y por debajo de todos ellos, aún, soy yo.