No. No es porque sea complicada la cosa, porque clara está; tampoco es porque no sea posible. Es porque, cambiar de vida, siempre es doloroso. Y, no sé tú, pero yo huyo del dolor. Y puedo permanecer en un dolor perpetuo de baja intensidad por asumirlo como tolerable cuando, en realidad, no aporta nada a mi existencia.

Tras críptico prolegómeno, paso del asunto al tema; “Que todos sean uno para que el mundo crea.” Si yo miro a mi iglesia, no me sorprende que la gente no crea, porque no somos uno (los que decimos creer). Y es una afirmación que certifico mirando el calendario: meses, años y siglos siguiendo a pie juntillas las enseñanzas de Julio César, el romano; clarividente donde los haya, sabía que, dividiendo, se vence.

Y en nombre de un solo dios yo me puedo consagrar a diferentes formas de vida que se inhabilitan cuando entran en contacto. Que establecen sutiles disparidades, dependiendo de dónde pongo el acento. Algunos son menores, del corazón de María o del de Jesús; blancos, azules, con calzas o descalzos; marcando la frontera, la diferencia que me hace más cercano al origen… del origen de la fundación, pero no de la raíz de donde se ha de alimentar: Evangelio. Masculinos y femeninos los garitos proliferan cual flores moradas de Alfalfa. Loando a sus fundadores, maravillosos obituarios, que nos recuerdan que la santidad bebió de los evangelios y de los caminos recorridos por quienes ahora son celebrados como seres olímpicos.

Como prueba de la maravillosa diversidad del Evangelio, coexisten en flagrante litigio, sordo o a gritos, las ideologías que validan estratos sociales, afianzando el sistema de castas y anudando su incapacidad para ponernos de acuerdo pues cada uno vive la cosa a su manera: si no nos entendemos, será culpa tuya…

No. No es la pluriforme capacidad de hablar del Espíritu Santo. Es nuestro multidisciplinar manera de captar adeptos, hacer discípulos, no para el reino, sino para nuestra causa. Si a esto lo queremos llamar diversidad, es una tomadura de pelo. Que en la iglesia haya conservadores y progresistas, propapistas o antirromanóicos, es un pecado contra el espíritu. Sí: ese a quien todos apelamos para acomodarnos en la esquina que decidimos poner la estufa y estar muy calentitos, ignorando al resto del cuerpo.

Cuerpo místico, cuerpo metastásico, enfermo; ha olvidado la identidad propia, bautizando a cada uno de sus miembros como individuos, sectorizando, sectarizando, en nombre de una identidad que sólo puede ser otorgada por la buena noticia: Evangelio para todos.

(que otros sean discriminados por otras razones, lo hablamos otro día)