Empezaré por el final:
“Es mucho más sencillo legislar que educar”
Si. Es mucho más fácil decirle a la gente lo que es políticamente correcto, qué es coyunturalmente aceptable que dotarlos de recursos para el discernimiento personal, de libertad de pensamiento…
Es la tentación en la que caen todos los gobernantes cuando son votados y estiman que es el momento de poner en práctica todo aquello que han estado incubando en la oposición.
(Otro día hablaremos de la oposición, que es el arte de hacer contrapolítica e insultaje sin hacer una sola proposición en la que haya intervenido la inteligencia).
Una vez que abandonan el otro lado del río, les da por ser dios y ponerse dogmáticos. Licitados por las urnas, creen ser los inventores del fútbol, de la rueda o de la redondez de los planetas.
A lo que iba: Es mucho más sencillo decirle a la gente lo que tiene que pensar, vestir, odiar y amar que educarlos en una libertad en la que se aprende de los propios errores en un contexto social. De esa manera, nos vemos abocados al diálogo:
“A entendernos sin destrozarnos, donde sentarnos y conversar” como decía el poeta.
Para no cargar las tintas sobre nuestros próceres, diré que esto es favorecido por nosotros, el estado llano, acostumbrados al bienestar que proporciona un estado que aletarga la individualidad y favorece el pensamiento único.
No me alargo más: Desde mi situación en la que me permito tener pensamiento propio, pido que la justicia siga siendo equilibrada y ciega; que no se escore a derecha e izquierda dependiendo de los ciclos políticos y que el pueblo vele porque siga siendo así. Para ser libres como susurra, a veces, y grita el evangelio y poder vivir como dueños de nuestro destino.