
Hoy, como tantas veces, mi certero análisis coyuntural dibujó una realidad con grandes pinceladas de hiperrealismo. Ufano, me parecía que había aportado una visión preclara y decisiva, motor de grandes cambios. Pero, cuando terminé de leer, me acordé de la Fuertes, que en Gloria esté; ella dijo: “les dedico mi vasito de leche y a dormir”.
Y me dijo ella, la que siempre tiene razón, que análisis y analistas tiene la iglesia. Que aportara algo que fuera verdaderamente nuevo. Y pienso…
Propongo una oración íntima, que al silencio sonroje; que una palabra amable sea ruido, porque el aire está silbando levante en el pulmón izquierdo y poniente en el derecho: confluyendo para ser el mantón de manila de un corazón que había olvidado latir de esa manera, tan queda, tan sonora.
Común oración de la que salgamos con una pregunta taladrando la sien. Y que sea de esas que nos hace buscar un boli para apuntar aquello que no quieres olvidar. Que esté llena de canciones que cantemos a los alumnos, a quienes nos encontremos en la calle, que tarareemos en la tienda de máquinas de coser, en la carnicería; esas que no puedes dejar de marcar, con los dedos, el compás.
Propongo que la costumbre sea combatir el tedio. Que nada necesite duelo, pues sea propio de la propia vida beberla mientras se caminan los días.
Que las celebraciones no sean para encumbrar a Baco sino para felicitarnos por quienes nos acompañan; que sea la música la que embriague nuestros sentidos, nuestra mente y nuestros pies.
Que no nos comportemos como extraños, quienes vamos a celebrar el sacramento de nuestra fe. Nos acerquemos, con distante pero acogedora distancia, a los que ocupamos los bancos. Que les preguntemos por la familia y les invitemos a no dejar solo en el altar al sacerdote. Que la fiesta sea fiesta, sin importarnos la liturgia; y la liturgia se sorprenda y haga de la fiesta, su contenido, centro y no una cadente y rítmica sucesión de gestos, de gran relevancia y desconocida raíz.