
No. No está bien insultar a los pequeños. A todos ellos, hay que acogerlos. Y cuando digo pequeños, hablo de la gente que, como la fe del carbonero, creen monolíticamente en algo y tiran palante como si fuera palabra de Dios. Es lo que tienen. Y no lo voy a cuestionar.
Palabra de Dios. Malversada, vituperada, humillada, emponzoñada por la limitación mental de quienes exigen sacrificios, juzgan inocentes y condenan a pequeños (los de antes). Con actitudes como esa, establecidos en el sitial de quienes siempre tienen razón, cargan pesadas losas en las espaldas de quienes se atreven a pensar, a creer, que Dios es amor.
¿Cuál es la teología por la cual una madre ama al miembro más débil de la familia de una forma especial? ¿Qué rama de todo lo que termina en -logía hace cuestionar su devoción? Que no. Estoy harto de quienes dicen que hay que preservar la pureza de la iglesia cuando han olvidado que lo más puro que tiene es que Dios es amor. Quien dijo que las putas y los publicanos nos adelantarán en el Reino de los cielos, quien dijo vete y no peques más, quien puso a un niño en medio de ellos para decir que hay que hacerse como ellos… ¿dónde está?
Ama a tu prójimo como a ti mismo. Si no amas a tu prójimo, ¿de verdad te amas a ti? Si lo que haces es odiar, ¿es odio lo que tienes? Es una simple regla de tres. Porque, de lo que rebosa el corazón habla la boca.
Quien ame a todos los hijos de Dios con todo su corazón, con toda su mente y con todas sus fuerzas porque así lo hace con Dios, que tire la primera piedra.