Añorar es muy humano. Echar de menos semanas pasadas, épocas pasadas, eones pasados… Un deporte que consume enormes cantidades de tiempo pues me evoca sensaciones, olores, sonidos que ya no están.

¡Y cómo los echo de menos! Casi me dan ganas de pactar con quien haga falta para hacerlos volver. Pero no. Menos mal que no pueden volver pues sobreviven en mi memoria: la naturaleza, como siempre sabia, pavimenta sus veredas inexorablemente.

Y, como son momentos felices y los asocio a un estado de ilusión impropio de mi edad, busco la triquiñuela para dopar mis días, maquillar mis ojos, inyectar Botox donde haga falta. Finjo que soy más joven, pero es tarea inútil. Por eso, me adhiero a gente que sí lo es. De ese modo, intento fagocitar su juventud, sus ganas; y, de paso, ser llevado sobre las “poderosas alas de la juventud”. (hacer mención del entrecomillado ya evidencia los abriles que llevo sobre los hombros).

Y a este último hecho me refiero cuando menciono a la leche de burra, legendario remedio contra el paso de los años; pollino estiramiento facial… Pienso que, si trabajo al lado de jóvenes, mi vida rejuvenecerá. En ningún momento me da por pensar que la vida de los jóvenes será más rica con mi experiencia pues el valor está en el brillo. Y me siento ridículo por intentar vivir en contra del movimiento coriólico de las manecillas del reloj.

Me engaño y hago dúos, colaboraciones con tiktokers, yutúbers y twitchers; y, oh sorpresa, en la comparación salgo perdiendo. El otro es más bello, esplendido, ahondando la zanja temporal entre el y yo, la profundidad de mis arrugas.

Creo que, pensándolo mejor, no quiero volver. Sería un pelín masoca repetir las existenciales angustias, las cremas para los granos de la cara, las fiestas en las que eran otros los que bailaban con las chicas… No, gracias; no gracias, no gracias.

En cuanto a las bondades de la juventud, las pongo en entredicho. No cambio mi vida por nada ni por nadie, pues fue el tiempo el que modeló mi ser: las experiencias, las que me hicieron cual soy.

“Juventud y hojas verdes: todo humo”