Tengo muy buenas razones para argumentar. Es algo injusto, que no tiene nada que ver con lo que dice. Hay alguien que defiende con los labios lo que no hace con la vida. Y para mí es un escándalo. Y me veo arrastrado a compartir mesa y mantel. No quiero. Me enciendo por dentro. No lo soporto.

Injusticias, deslealtades, engaños, … Todas esas cosas tan mal encaradas que hacen que la mía parezca una pasa por lo arrugada que la tengo: la tensión la noto en la respiración, en mi ánimo; me arrastra a la sima de la autocompasión, de la justificación de una violencia, una villanía que se hace fuerte en mí. Y me rompe los huesos, llena mi piel de heridas, dispara mi tensión: me aleja de mis fuentes.

¡Qué fácil es vivir en litigio! Pero creo que lo mejor sería vivir en paz. Si cada uno de mis supuestos problemas los abordo desde mis convicciones, probablemente serían relativizados instantáneamente, aportando salud a la situación y a mí.

Si verdaderamente me afecta la situación, debería intervenir con proporcionalidad y sin beligerancia. Quienes no quieran compartir conmigo, no son mi responsabilidad. Puente de plata para quien no ve en mí más que un problema. No haré lo mismo. Si no es cosa mía, ni lo considero. No es falta de interés: Es haber comprendido que la lucha es contra mí y no contra mis semejantes.

La victoria de Caín es haber hecho viable la muerte como solución a los problemas. Por ello, y con la distancia razonable que ha de haber, mi trabajo es no ser asesino ni víctima. Es parecerme a mi padre, creador y amante; perdonador profesional por el mucho amor que es.