Nada. Nada libera tanto como el llanto. Hace libre la alegría que te brota desde lo más profundo, vestido de agradecimiento y fecundidad. Expresa la frustración insoportable en silencio. O acongojado. Pueden rodar lágrimas como golpes: rabia que, a dentelladas, te arranca la esperanza; siempre saladas, como la estatua que miraba el pasado, al pasado…

Llorar hasta nadar en lágrimas. Bucear su sal para ver las vidas que fueron y serpean en lo profundo: cadáveres de muertes previsibles: de ilusiones que no nacieron. Muertos. Bien muertos.

Y, ¡cómo ahoga la garganta el llanto que no puede salir! Esa presión infinita que engorda tus venas, enrojece tu sien y te hace sentir que no puedes más. Intentas llorar y se encharcan tus ojos, un instante; luego, como avergonzados, se secan de nuevo: se vuelven vitreos, inánimes, rasposos.

Llorar es descorrer la losa de la tumba en la que yacemos. Es resucitar. Es el cuerpo de la reconciliación. Es la sangre de la esperanza en ciernes.