Llorad, malditos, llorad. Lamentaos, daos latigazos que disimulen el dolor que no sangra, pero que duele más. Haced duelos, lloren las plañideras las mismas lágrimas una y otra vez. Que vuestro luto sea una mirada negra, unos ojos negros, una viudez negra que os condene a la soledad más infinita, más eterna si hay algo más grande que la insondable eternidad.

Mirad con ojos contritos; que vuestras bocas tiemblen de agotada emoción; que el rojo de las comisuras de vuestros ojos no cese, no cese.

Construid altares. Sembrad árboles votivos, donad vuestra fortuna, elévense majestuosos mausoleos. Todo es… Nada.

Mirad bajo el mismo prisma. Juzgad despiadadamente para que vuestros dolores os duelan menos. Nada habrá que se os hidrate la garganta, fétida de lamentos evitables. Miraos al espejo y decid que es lo correcto, que el equilibrio es aquello que formuláis. No tenéis vergüenza.

Llorad. Llorad hasta que las cuencas de los ojos estén tan secas como el desierto. Cuando vuestra furia descerebrada repare en que respondisteis a lo que se esperaba de vosotros y no vivisteis conforme a la premisa del amor primero, de primero amar como uno se ama, sólo la misericordia os salvará.

Pero, ¿qué sabéis de misericordia, si sólo sois buenos vosotros?

El infierno es haber podido y no haberlo hecho.