
La imprudencia es propia de los niños. Nos cautiva su inocencia y su falta de escrúpulos: pero nos asusta su falta de cuidado; nos sorprende su capacidad de acogida al peligro pues, aun siéndolo, no perciben la amenaza. Y es exactamente eso, la limpieza de corazón, la que se nos pide a quienes queremos vivir, en Espíritu y en Verdad, el Evangelio.
Y, ¿a santo de qué me vienes con esto me podrás preguntar con toda la razón del mundo? Pues viene al caso porque la vida que yo como católico vivo está llena de prejuicios, de sospechas: de filias y fobias que justifican mi posición. Y que nada tienen que ver con la misericordia.
Por ello, creo que no está lejos de la verdad la defensa de una vida más cercana a la teoría que al conjunto de prácticas que me garantizan cierto nivel de compromiso, que me encierran en lo que califico “Búnkeres ideológicos”.
Si separo lo que es la tradición, todas aquellas cosas con las que me identifico, y las coloco en su lugar, me encuentro una llanura poblada de aullidos, pues no ha sido hoyada desde hace tiempo. Es el mensaje de Jesús. Para ti. Y para ti y para ti. Ya llegará la comunidad. Por ahora, yo tengo que elegir el Evangelio como motor de mi vida y tesoro de mi corazón.
“Donde no hay beneficio, cerca está el perjuicio”. Donde las costumbres y las liturgias nos anclan y fondean en puertos más que conocidos, no vamos a poder echar la red a la derecha de la barca.
Allí donde nuestras identidades, chiringuitos y montajes, celebraciones, centenarios y fiestas conmemorativas nos inmovilizan, se me exhorta a salir de mi tierra, como en Génesis 12,
Para darle al César, lo que es del César. Y, a Dios…