
Hoy estoy una mijita cáustico. Pero es que he caído en la cuenta de una obviedad: de cómo el comportamiento de los seres humanos es muy similar al de los niños: los que creen en los Reyes Magos, el Ratoncito Pérez…
Me explico: en multitud de ocasiones, he visto en la tele cómo gente sagrada para las tribus, montaba sahumerios alrededor de un individuo para conseguir su libertad de malos espíritus. Con cantos incomprensibles y bailecitos a juego, ahí lo tienes, mira tú… Pero más interesante es el concepto de “Danza de la lluvia”. Es tan pretendidamente poderosa que invoca a los elementos para que hagan lo que el danzante, o el equipo al completo, quieren cuando ellos quieren. La de veces que el viento ha ido al norte cuando querían que parara… Y, en ese orden de cosas, sacamos de paseo a los santos con la misma intención pues, mientras tenemos lo que asegura nuestro modo de vida, la fe y todas esas cosas intangibles, son para los crédulos: pero bien que se llenan las calles de crédulos e incrédulos cuando abrimos el grifo y no cae ni gota.
Como mágico es pedir a Dios que suscite vocaciones para nuestro carisma o ministerio. Como si, por arte de magia y no a través del testimonio y contemplación de la alegría de quienes son portadores de tal particularidad, se pudiera convencer a nadie de donar la vida, de por vida.
Porque es más sencillo mantener el modo de vida que tenemos, tan antinatural, tan emponzoñante con el medio ambiente, que cambiarlo para ser más “ecofrínlis”. Mantenerlo hasta que es insoportable la viabilidad del modelo y nos encomendamos al santo que pese menos, para cuando lo saquemos de procesión.
Un modo de vida acorde a lo que crees. Y, si lo que crees va en contra de la vida, quizá debas replantearte en qué crees. Quizá deba volver a dar una vuelta a lo que creo. Por eso es más interesante creer que todos somos familia, que la casa común es de todos y que volverán las oscuras golondrinas… Y no será mágico: es el baile cadente de las estaciones, de la vida.