
Cuando eres mayor… Y se reubican todas las emociones, las prioridades; esos pasos que te van alejando de la orilla del río, que te adentran en el bosque, en el desierto… En otros atardeceres: otras lunas nuevas que no mostraban la selenita luz, pero sí la estrellada negrura de las noches de verano; tanto nuevo que vivir porque así lo decidí.
Pero vuelve. Retorna el dolor que te recuerda que el tiempo nos hizo aún más sus esclavos: los infinitos dolores que ponen precio a lo mejor, pues su ausencia es remanso, meandro en mis manos con heridas, mis ojos faltos de luz, mi corazón de piedra.
Como las oscuras golondrinas, nos vuelve a llamar su dolor: su cuerpo abierto de par en par, sus ininteligibles sonidos nos empujan a querer abrazar su figura menuda, tatuarnos en su piel: o tatuarla en la mía para que siga viviendo con mis ojos, caminando conmigo mientras hablamos de un tiempo que no habrá de volver.
Y la eternidad es una foto suya en el móvil. Un puto chiste que pretende alegrarme cuando me entierra en la inevitabilidad.
María Rosa. ¡Cómo quisiera que supieras que no hay pasado sin ti, ni presente sin tus pasos cansados! Habrá futuro, desde luego; tus canciones serán brisa en el eclipse; tu voz, caricia verdadera…
Tu cuerpo me dio la carne. Tu amor me hizo un hombre.