
No hay salida. Si Vladimir se retira, eliminando así la inminente amenaza de guerra, tendría una fuerte contestación interna: sería lo lógico tras movilizar dinero y armas para nada. Y, eso, no se hace para nada. Si no se retira, sigue echando leña al horno del infierno en ciernes; de ser así, los enemigos tendrían que prepararse para cualquier hostil movimiento, con lo que es una partida en tablas… Hasta que se rompa el inestable equilibrio de una posible guerra.
Y es que, quienes promueven las guerras, creen que pueden ganar; que las víctimas son sólo daños colaterales para la consecución de un bien mucho mayor. El bien que no conocerán ni los muertos de su ejército ni los del otro. No deja de ser interesante que aún hoy, después de millones de muertos por causas evitables, se siga pensando que una guerra puede ser una buena estrategia de campo.
“Mi guerra será la buena” pensarán quienes acarician las armas que no empuñarán, babean con los kilotones que no padecerán, brindan por la sed y el hambre que no sentirán…
Es mucho más fácil vencer o morir en una guerra contra otros que luchar contra el infierno interior. El crujido de los huesos bajo las botas militares, solapan los gritos que tengo dentro de mí, los que hacen que mi vida sea insoportable; es por ello que mando a mis ejércitos a matar a los hijos de otros, incluso a morir por ninguna razón para que yo sienta el placer de decidir sobre la vida y la muerte de otros, silenciar aquellas voces.
Los reyes no mueren en el campo de batalla; ni siquiera los generales. Bajo el trillo de los cañones, se trocean y avientan la inocencia y obediencia de los soldados.
“I hope the russians love their children too” Sting.