Una nueva campaña electoral. ¿Y para qué? Pues para colocar a los amigos y seguir dividiendo, corrompiendo, fracturando e inoculando el virus de la sectarización.

Si, de verdad, les preocupara el bienestar del estado llano, no se dedicarían a lanzarse mierda unos a otros. Porque, a fin de cuentas, lo que vienen a contar es que, la mía, es más del país: la tuya es importada.

Quisiera creer que hay alternativa. Pero, visto lo visto, la política es la manera de vivir todo lo posible a costa del erario público a base de enfrentar a miembros de la misma familia. Y ya está.

¿Queréis ser creíbles? Las cuentas claras. Donde dije que dimitiría si hay una sola sombra de sospecha de corrupción, dimite; cuando haya un abuso de poder y se vacunen los cargos públicos, dimisión. Cuando se practique la prevaricación como deporte olímpico, la malversación de caudales públicos como primera opción, allí donde no haya honestidad, fuera.

Fuera. No tenéis vergüenza.

Y he hablado de quienes se juegan su particular paraíso en unas nuevas elecciones; pero también hablo de todos los pregoneros de la nueva política. No sois mejores. Patéticos, lamentables, aficionados y recién llegados, habéis cometido todos los errores que denunciabais. Por ello, no se me quitan las ganas de vomitar cada vez que veo las noticias, sean el medio que sean.

No queríais hacer algo nuevo. Deseabais las prebendas que otros tenían y hacer lo posible para que no siguieran disfrutando de aquello que queréis solo para vosotros.

El verdadero poder, la capacidad para ser convincentes, es la coherencia: pura, brutal, cercana, encarnada, comprensible, respetuosa.

Y vosotros no sabéis nada de eso.

(todas estas opiniones tan repetidas, políticamente incorrectas y tan inútiles a efectos prácticos, son un ejercicio de sanidad personal. Que no tengamos políticos que busquen la dignidad de todos no quiere decir que no siga creyendo que es posible.)