La honestidad es un bien escaso en estos tiempos. Como he comentado en múltiples ocasiones, parece que su ausencia es requisito imprescindible en los servidores públicos electos. Y no es solo aplicable al gobierno: lo es a todos los partidos. Todos.

Quisiera decir que alguno se salva, pero mires donde mires, todos tienen algo que esconder: decir que ya se está haciendo lo que el precepto dispone y esperar que la memoria a corto plazo se borre: hasta la próxima.

Los adalides de la nueva política incurren en los mismos errores. Pero, lo más preocupante, es ver cómo niegan la evidencia en nombre de la buena voluntad. No quisiera que la buena voluntad de un violador beneficiado de la ley del sólo sí es sí, se encontrara con ninguna conocida.

Es mucho más íntegro reconocer el error. Y no instalarse en la chulería, ni en el descrédito a los jueces, ni en la media sonrisa, ladina tantas veces, que escupe a la cara de las víctimas y se complace en su mediocridad.

La traición de Pedro se queda pequeña. Él lo negó tres veces. Esta ley no iba a beneficiar a ningún preso. Y van más de setecientas veces en las que se sigue negando que no habrá beneficios.

Mmmm. No sé…

(un detalle: denunciar hechos como estos me obliga a ser íntegro, honesto; lo digo para que, cuando yo caiga, el espejo que tenga delante sea suficientemente grande para verlo sin gafas)