La negatividad es poderosa. Como si de un tornado se tratara, te succiona y hace que des infinitas vueltas a cualquier tema; ya sea vigente, ya huela, sigues, sigues meneando la cabeza…

Y es muy barata. Un arma de destrucción masiva, con carga de educación empobrecida y metralla de sinrazón asegurada. Sé que esta es una afirmación osada, pero esta actitud es adictiva y prescinde de todos los protocolos de seguridad que la lógica te impulsa a utilizar para dejarme llevar por su canto de sirenas: las que me dan la razón y, como la herrumbre, emponzoñan mi alma.

Con algo de perspectiva, contemplo el paisaje y constato que no sólo no avanzo, sino que permanezco estático. El argumento es poderoso y ancla mis credos a la tristeza y a la culpa, que es siempre de otros; mi cuerpo y mi alma comparten este naufragio, este pecio en el que se constituye una existencia que vive arrullada por el no.

Puede que mi entorno influya. Pero yo soy el actor principal de esta tragedia. Sé lo mucho que me duelen situaciones que ya fueron descritas en la antigüedad como onerosas. Y que, mi vinculación emocional con ellas, van más allá de la lógica. Pero hay que enterrar a los muertos.

Cumpliré con la parte del contrato que me obliga a ser feliz pues, de no ser así, me falto al respeto y falto a la promesa de amar al prójimo como a mí mismo.

Lo que el prójimo haga, es cosa suya.