
-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida.
-Padre: me confieso que no he visto ningún partido de la selección española en la Eurocopa.
-Hijo mío: ese es un pecado contra el Espíritu: el espíritu de colaboración, de unidad, de ilusión: la Roja nos hace uno…
En realidad, no pido perdón por no haber visto ninguno. Ni por sentir pasión cero por el fútbol, circo y pan del siglo XXI; no moveré un músculo por una práctica que devora carne humana, cada vez más joven, en una bacanal caníbal, pues quienes lo devoran son los que sacian su hambre con entrantes de patatas fritas y cervezas a discreción.
Ahora todos celebran la españolidad. Hace bien poco, nos dedicaban perlas despiezadoras, como si de un esquema ternero colgado en una carnicería se tratara, de las diferencias que hay entre las distintas regiones: sus singularidades que son excusas para exigir privilegios. Hoy, políticos y demás familia, se felicitan por los éxitos en el deporte, el deporte es el fútbol, no hay otro; y cuelgan tuits felicitándose porque todo es fruto de su visión patriótica, visionaria, empatiflús y resilentiórica.
Para los que crean que estoy hablando de coyuntura, ya os digo que no. Estoy hablando de todos los que, en la victoria hemos ganado y en la derrota, como ratas, abandonamos el barco. Coyuntura exportable a la situación de nuestra iglesia, donde aún hoy, se tolera el combate entre ideologías, todas necesarias, aunque no trabajen para el cuerpo místico. La imagen del cuerpo místico es interesante porque da por hecho que todas ellas trabajan para el bien común.
Piénsalo: tu campo de trabajo, ¿lo hace para sí o para el cuerpo? Con identidades distintas, pero sin conflicto de intereses pues el interés es el bien de todas las partes.
No os preocupéis: no penséis. Hemos ganado la copa de Europa. ¿Qué puede haber más importante?