“Dad gratis lo que gratis recibisteis”. Es una de las frases que más me afectan. De hecho, creo que es la más repetida en mi vida.

Si me pongo a pensar en las cosas que se me dieron gratis, me salen algunas: la voz, que tengo que mantener para poder trabajar; la familia, donde crecí y que me dio pautas para gestionar la mía propia junto con la experiencia gratuita de mi señora (y nunca bien ponderada compañera…) La inteligencia que me permitió aprender en todas sus diferentes tipos; la memoria, que siempre desprecié para no recordar todo aquello que me dolió y que, ahora, echo de menos para traer a la mente el olor del campo mojado, los colores tras la lluvia y las hojas de los alcornoques y encinas que pisaba.

Gratis como algo que no me cuesta nada no hay nada. Pues a los Quercus Suberus les costó tiempo crecer para darme sus hojas, al agua le costó sudores llegar a las nubes, lo digo por el calor necesario, y la fragancia de la tierra sólo era posible cuando, como orvallo sobre césped, mullía la lluvia su piel…

Nada es gratis. Amar al prójimo como a ti mismo tiene un puntito canalla, casi egoísta pues no deja de ser un acto de afecto a tu persona, pues nada malo quiere uno para sí, digo…

Si te escribo, te llamo, te envío un sticker o te mando al carajo es para obtener una respuesta en el sentido del mensaje emitido. Es como ponerte frente al marco de un espejo sin él: no hay reflejo; no estás: no eres. No soy.

Pensando algo más, la luz de la luna es gratuita pues refleja el sol; las estrellas se ven en el cielo pues se están compartiendo exactamente tal cual son. Quizá si yo fuera verdad, sería verdaderamente gratuito.

Y me doy cuenta de que, el poeta, ya sabía de lo que estoy hablando: ¡No le toques ya más, que así es la rosa!

(Un beso, mamá: rosa infinita)