
No me importa, la verdad; y lo digo de corazón: no creo que reconocer los errores me haga más débil. De hecho, creo que me ayuda a crecer; y, como creo que no es un criterio compartido, lo formulo desde estas letras…
No pasa nada si se cuestiona el pasado reciente de nuestro país. Si hubo muertos, los hubo en todos lados. Y no digo en los dos lados porque sólo hubo uno: Un país roto por una guerra que tuvo como consecuencia la condena al ostracismo de los vencidos y la amnesia de los vencedores. No me importa que se cuestione ni la primera, victimizada y olvidada, ni la segunda.
Como no me importa ver cómo todos esos fantasmas están siempre presentes en nuestra vida pública. Incapaces de perdonar, nos tiramos a la cara las vergüenzas, la brutalidad de quienes maltratamos a nuestros iguales, nuestros hermanos…
No me importa que nuestras corrupciones sean mejores que las de otros. Todas son detestables y manifiestan un grado de impunidad insoportable para los que no podemos dilatar en el tiempo cuestiones judiciales, so pena de multa, cárcel y oprobio. El poder político subyuga el judicial y lo marea, para que todo prescriba y los que robaron disfruten de lo robado, enseñando el camino a los nuevos que van llegando; así verán que no pasa nada.
La verdad es que no me importa porque es un aviso a navegantes: una vereda iluminada con una cinta led en el suelo para que yo no caiga en lo mismo. Para que la ponzoña que todos los días veo en los telediarios y periódicos de una y otra ideología sea perfectamente reconocible. Que, en el caso de que así fuera, si jugara al juego de la mentira, lo haga con conocimiento de causa y no argumentando cualquiera transitoria estupidez.
Es triste ver cómo la verdad es una puta que se acuesta con quien más paga, quien está en el gobierno o con el poder económico, que nada sabe de ideologías y sí de dividendos.